Un día los acunábamos en brazos y, sin saber muy bien cómo, ahora nos piden la llave del coche o nos hablan de planes de futuro con una seguridad que nos deja descolocadas. Las madres vivimos convencidas de que el tiempo avanza despacio, hasta que un gesto, una frase o una mirada nos revela que ese bebé al que dábamos de comer con cucharita ya no está ahí.
No hay una fecha exacta ni un aviso previo que nos prepare para ese momento. Simplemente, sucede: entre mochilas, noches sin dormir y abrazos apresurados, los niños crecen y se convierten en adultos ante nuestros ojos. Y nosotras, entre el orgullo y la nostalgia, intentamos asimilar que el mayor reto no fue criarlos, sino aprender a dejarlos volar.
Llega un momento en el que esos bebés que antes no podían atarse los zapatos empiezan a demostrar, con orgullo casi ceremonial, que ya se apañan solos. Pagan facturas, toman decisiones importantes y resuelven problemas sin pedir ayuda… o eso dicen. La independencia les sienta bien, les da alas, pero también les vuelve un poco alérgicos a nuestras preguntas inocentes del tipo: “¿Has llegado bien?” o “¿Has comido?”. Para ellos es control; para nosotros, puro amor en formato mensaje.
Y ahí estamos los padres, desconcertados, preguntándonos en qué momento pasamos de ser su refugio a resultar ligeramente molestos. No entendemos qué hacemos mal si lo único que intentamos es cuidar, proteger y recordarles que no están solos. Nos cuesta aceptar que ahora necesiten menos manos y más distancia, menos consejos y más confianza. Porque nuestra preocupación no viene del miedo a que no puedan, sino del deseo profundo de que estén bien.
Ellos quieren demostrar que pueden con todo; nosotros solo queremos que sepan que, si alguna vez no pueden, seguimos aquí. Tal vez el truco esté en aprender a querer sin invadir, a acompañar sin dirigir y a estar presentes sin hacer ruido. Al final, aunque ya no nos necesiten como antes, el amor de padres no se jubila: simplemente aprende a expresarse de otra manera, un poco más callada, pero igual de intensa.
Criar es, en el fondo, un ejercicio constante de desapego lleno de amor. Empezamos sosteniéndolos para que no se caigan y terminamos aprendiendo a soltar para que encuentren su propio camino. La vida no nos prepara para ese cambio, pero nos recompensa con algo inmenso: verlos caminar solos sabiendo que, aunque ya no nos necesiten como antes, llevamos en ellos una parte imborrable de lo que son.
El amor de los padres no entiende de edades ni etapas. No se gasta, no se mide y no desaparece cuando los hijos crecen; simplemente se transforma. Pasa de ser presencia constante a refugio silencioso, de guía diaria a certeza profunda. Y quizá ahí esté la verdadera esencia de la crianza: amar sin condiciones, incluso cuando amar significa aprender a estar… sin ser vistos.
.jpg)
.jpg)
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario